Comer emocionalmente ocurre cuando ingerimos alimentos para enfrentar nuestras emociones, aunque no tengamos hambre. Esto es especialmente común en situaciones de estrés, ansiedad o aburrimiento, donde buscamos consuelo en alimentos ricos en carbohidratos que aumentan la serotonina, asociada al bienestar. Sin embargo, este hábito puede llevar a un aumento de peso corporal no deseado. La clave para contrarrestarlo es ser más conscientes de nuestras emociones y buscar actividades que nos ayuden a relajarnos sin recurrir a la comida.
Si bien disfrutar de los alimentos que nos gustan no es malo, es importante hacerlo de forma consciente y equilibrada. En este video de la Lic. Romina Pereiro, aprenderás las diferencias entre el hambre emocional y el hambre fisiológico, y descubrirás cómo lograr ese balance entre la alimentación adecuada y el manejo de las emociones. ¡No te lo pierdas!
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